Voy a aventar pliegues enteros de tela
una licra ligera y trasparente.
Voy a dejar que el aire penetre
los labios penetren
la aguja aquiete mi mente
y las palabras...


Tengo 34 años y he decidido no ser biomadre por ahora -así nos dicen a las que tenemos útero, vagina, etc. y gestamos un crio en las entrañas-. Tampoco me siento muy convencida de querer hacer y serlo, posteriormente. Tal vez en un acceso de cursilería, a quienes me pregunten que para cuándo los niños, pueda responderles emulando a la poeta uruguaya Delmira Agustini: Yo no daré hijos, daré voces, acaso versos.

A veces me gusta cargar una panza por ver qué se siente portar el conocido como estado gracia, o el estado ideal. El mío es un vientre de telas, naturalmente.

A veces, me quedo frente a las ventanas y puertas esperando que venga el viento a platicar. Son tantos los silencios que lo pueblan y hay quien dice que en el silencio habitan todas las voces.

A veces pregunto tonterías como esta: ¿Por qué no podría ser yo madre del aire, si el aire puede gestarse?

Sí. El aire es un gas que existe gracias a la combinación de elementos que fueron expulsados por la tierra. Yo no soy Gea pero mi garganta es un lecho fértil que conecta mis labios al pronunciar su nombre y llamarle.

La primera vez que escuché La embarazada del viento en la interpretación de Christina Pluhar, me pareció una hermosa enunciación: Una de esas tardes de siesta en que dejas la puerta abierta, viene el viento y copula contigo, se te mete a las entrañas y gestan un hijo. Cinco años después -lo sé, es demasiado tiempo pero al fin- producto de la relación entre el viento y una costurera, nace este hijo: tejidos del aire.

         Noviembre del 2015

 



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